Elogio de los críticos

No es el azar el que me ha hecho escoger este tema. Es el reconocimiento, pues soy tan reconocido como reconocible. El año pasado di varias conferencias sobre la “Inteligencia y Musicalidad en los Animales”. Hoy les hablaré de la “Inteligencia y Musicalidad de los Críticos”. Es más o menos el mismo tema, aunque con modificaciones , naturalmente.

Algunos amigos me han dicho que el tema era ingrato. Ingrato, ¿por qué? No hay ingratitud alguna, por lo menos no veo dónde: Haré, pues, fríamente el elogio de los críticos. No se reconoce bastante a los críticos; no se sabe lo que han hecho ni lo que son capaces de hacer. En una palabra, son tan desconocidos como los animales, aunque, como éstos, tengan su utilidad. Sí.

No son sólo los creadores del Arte crítico, el Arte Maestro entre todos, son los primeros pensadores del mundo, los libre-pensadores mundanos, por decirlo así. Además fue un crítico el que posó para el “pensador” de Rodin. Me lo dijo un crítico, hace quince días o tres semanas como mucho. Me hizo ilusión, mucha ilusión. Rodin tenía debilidad por los críticos, una gran debilidad. Sus consejos valían mucho para él, le eran carísimos, demasiado caros, prohibitivos.

Hay tres tipos de críticos: los que son importantes; los que lo son menos; lo que no lo son nada. Estos dos últimos tipos no existen: todos los críticos son importantes.

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Físicamente, el crítico es de aspecto serio, del tipo del contrabajo. Es, él mismo, un centro, un centro de gravedad. Si se ríe lo hace sólo con un ojo, sea el bueno o el malo. Siempre muy amable con las señoras. Con los señores guarda sus distancias, tranquilamente. En una palabra, impone bastante, a pesar de ser muy agradable a la vista. Es un hombre serio, serio como un Buda, embutido evidentemente. Mediocridad, incapacidad, eso no se da en los críticos. Un crítico mediocre o incapaz sería el hazmerreir de sus compañeros; le sería imposible ejercer su profesión, su sacerdocio, quiero decir, pues tendría que abandonar su país, incluso natal; y todas las puertas se le cerrarían; su vida no sería más que un largo suplicio, de una monotonía terrible.

El Artista no es más que un soñador, en definitiva; mientras que el crítico tiene conciencia de la realidad, y conciencia propia, además. A un artista se le puede imitar; el crítico es inimitable e impagable. ¿Cómo se podría imitar a un crítico? Me lo pregunto. Sería, además, de poco interés, muy poco. Tenemos el original, eso nos basta. El que dijo haber dicho eso: habría que perseguirle, por lo menos un kilómetro o dos.

El hombre que escribió tal cosa, ¿lamentará quizás algún día estas declaraciones? Es posible, es augurable, es seguro.

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El cerebro de un crítico es un almacén, unos grandes almacenes. Se encuentra de todo: ortopedia, ciencias, ropa de cama, artes, mantas de viaje, gran selección de muebles, papel de cartas francés y extranjero, artículos para fumador, guantes, paraguas, lanas, sombreros, artículos de deporte, bastones, óptica, perfumería, etc. La crítica sabe todo, ve todo, dice todo, oye todo, toca todo, remueve todo, come todo, confunde todo y no piensa menos. ¡¡Qué hombre!! ¡¡¡Hay que recordarlo!!! ¡¡¡Todos nuestros artículos están garantizados!!! ¡¡¡Durante el calor el género está dentro!!! ¡¡¡Dentro del crítico!!! ¡¡Miren!! ¡¡Aprecien, pero no toquen!! Es único. Increíble.

El crítico es también vigía, una boya, podemos añadir. Señala los escollos que bordean las costas de Espíritu Humano. Cerca de estas costas de estas falsas costas, el crítico vigila, soberbio de lucidez en la distancia, parece un poco un mojón, pero un mojón inteligente.

¿Y cómo alcanza esta elevada situación, esta situación de boya, de mojón?

Por sus propios méritos, méritos agrícolas y personales. Digo “Agrícola” porque cultiva el amor a lo Justo y lo Bello. Llegamos a un punto delicado. Los críticos se escogen, como los productos que se dicen escogidos, extrasuperiores, de primera calidad.

El Director de un periódico, revista, o de otro tipo de publicación, es quien descubre al crítico necesario para la buena composición de la redacción. Ninguna recomendación sirve. Le descubre tras un severo examen de conciencia. El examen es muy largo y pesado, tanto para el crítico como para el Director. Uno pregunta; el otro desconfía. Es una lucha angustiosa, llena de imprevistos. De una parte y de otra se utilizan todas las artimañas. Al final el Director es vencido. Es lo que ocurre normalmente si el crítico es de buena cepa, y si su entrenamiento ha sido cuidadosamente pensado. El Director es absorbido, reabsorbido por el crítico.

Es muy raro que el Director se libre.

El verdadero sentido crítico no consiste en criticarse a sí mismo, sino en criticar a los demás: y la viga que tenemos en el ojo no impide en absoluto ver la paja en el  del vecino: en este caso, la viga se hace catalejo, muy largo, que aumentas la paja desmesuradamente.

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No podemos admirar suficientemente el valor del primer crítico que apareció en el mundo. Esos bárbaros de la noche de los tiempos debieron recibirle a patadas en el vientre, sin darse en absoluto cuenta de que era un precursor digno de respeto. A su manera, fue un héroe.

El segundo, tercero, cuarto y quinto críticos, seguramente no fueron mejor recibidos… pero ayudaron a sentar un precedente: ese día el Arte crítico se daba luz a sí mismo. Fue su primer día del año. Mucho tiempo después, esos Bienhechores de la Humanidad aprendieron a organizarse mejor: fundaron Sindicatos de la Crítica en todas las grandes capitales. Los críticos se convirtieron en de esta forma en personajes considerables, lo que prueba que la virtud siempre tiene su recompensa. Con esto se metió en cintura a los artistas, se les domó como a fieras. Es justo que los artistas sean guiados por los críticos. Nunca he comprendido la susceptibilidad de los artistas ante las advertencias de los críticos. Creo que es orgullo, un orgullo mal emplazado, que displace. Mejor les iría a los artistas si veneraran a los críticos; si les escucharan con respeto; si les amaran incluso, si les invitaran a menudo a comer con la familia, entre el tío y en abuelo en la mesa. Que sigan mi ejemplo, mi buen ejemplo: la presencia de un crítico me deslumbra; su destello es tal que durante una hora no hago más que pestañear; beso la huella que dejan sus zapatillas: bebo sus palabras, en copa, por cortesía. He estudiado mucho más las costumbres de los animales. Tal vez mis amigos críticos conozcan alguna, o varias. Que sean tan amables de decírmelo, cuanto antes mejor. Sí, los animales no tienen críticos. El lobo no critica al cordero: se lo come; no porque desprecie las artes del cordero, sino porque admira la carne e incluso los huesos del lanudo animal, tan bueno, tan bueno, guisado.

Nos hace falta una disciplina de hierro, o de otro metal. Sólamente los críticos saben imponerla, hacerla observar de lejos. No pretenden más que inculcarnos los excelentes principios de obediencia. El que desobedece es digno de compasión, es muy triste no obedecer. Pero hay que obedecerá las malas pasiones de uno, incluso si ellas mismas nos lo ordenan. ¿En qué se reconocen las malas pasiones, malas como la tiña? Sí, ¿en qué?

En cómo nos abandonamos, nos entregamos a ellas, y en que ofenden a los críticos.

Ellos no tienen malas pasiones. ¿Cómo podrían tenerlas, esa buena gente? No tiene pasión de ningún tipo. Siempre tranquilos, no piensan más que en su deber, corregir los defectos del pobre mundo y sacarse un sueldo decente para comprarse tabaco, nada más.

Esta es su misión. Misión que incumbe a estos hombre de buenos por nuestro bien, únicamente por el bien nuestro; roguemos a la Providencia que les proteja contra todo tipo de enfermedades; que les aleje de todo peligro; que les dé hijos en cantidad, y de todas las especies, que continúen la suya. Estos deseos no pueden causarles ni bien, ni mal. En todo caso, ¡sí que les va a servir de mucho!… … …

Tomado de Memorias de un amnésico y otros escritos de Erik Satie

Martín Olivo

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